¿Siempre somos los buenos? IV

_DSC6506-2Penúltima entrada sobre este tema. Ya hemos visto que nuestra mente hace lo imposible para que no nos sintamos malas personas por lo que hemos hecho; así, nos convence de que no ha sido incorrecto o malo, que es de hecho mejor que muchas otras acciones que hace mucha otra gente (que sí que es mala),  que no podíamos hacer otra cosa, que merecía la pena hacerlo o que en el fondo no somos responsables de haberlo hecho.

Por si todo eso no funcionara, hay aún una tercera manera con la que la mente nos tranquiliza: minimizando las consecuencias negativas, haciéndonos ciegos e insensibles al daño que hemos generado. Incluso cuando admitimos que lo que hicimos estuvo mal y que somos los responsables, podemos acudir al “pero no es para tanto”… ¿qué importancia tienen unos pocos cientos de euros de menos en las arcas públicas? ¿qué importancia tiene si defraudo yo, humilde asalariado? ¿qué importancia tiene si un día grito de más o insulto a alguien?…

La importancia que tienen todas estas acciones es relativa, ciertamente. El peligro es que nuestra mente nos ayuda a acostumbrarnos muy rápidamente, a todo. Lo que nos afecta un primer día, si lo vemos varios días seguidos, deja de afectarnos (un guiño a mis antiguos alumnos: ¡a eso le llamamos habituación!). Deja de dolernos ver personas cruzando mares en botes de goma, deja de dolernos ver niños muriendo de hambre o de frío. deja de sorprendernos que un político mienta o que unos compañeros de trabajo critiquen a otros o les traicionen, deja de escandalizarnos ver una mujer maltratada, un niño acosado en el colegio o un conductor que bebe. Y llega un punto en el que, para que algo nos afecte, tiene que superar con mucho todo lo que ya hemos visto…

Lo mismo pasa con las consecuencias de nuestras acciones; nos acostumbramos a hacer daño, hasta que ya no nos parece que sea daño… nuestra mente nos convence de que: vale, lo hemos hecho… vale, ha sido malo… pero no ha tenido importancia. De hecho, los abusadores de niños reconocen rara vez su abuso, y cuando lo hacen añaden un “si, bueno, lo hice, pero tampoco es para tanto…”; los secuestradores de Ortega Lara decían, después de tenerle más de 500 días en un zulo bajo tierra, que tampoco estuvo tan mal, que cuando terminó su secuestro volvió a casa, se duchó y se encontró con su familia…

Lo malo de esta estrategia de defensa moral es que, además de hacernos insensibles, niega a nuestra víctima el derecho a sufrir, el derecho a quejarse. Tan capaces somos de negar la realidad… tan necesario es cultivar la sensibilidad…

 


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